Emergencias 22. "Posverdad" por Nora Aquín

A fines del presente año de dos mil diecisiete, el término será incluido por la Real Academia Española. Contará, por tanto, con una definición en los diccionarios. Toda una señal. Todo un poder. Pero, es al mismo tiempo toda una novedad? Qué notas justifican el pasaje por el cual dejamos de llamar mentira a la mentira, o noticia falsa a la noticia falsa, para reconstruirla en términos de posverdad? Qué tanto ha cambiado desde aquella apelación de Joseph Goebbels, “Miente, miente, miente que algo quedará, cuanto más grande sea una mentira más gente la creerá”, o bien “Cargar sobre el adversario los propios errores o defectos, respondiendo al ataque con el ataque. Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan”

El término adquirió auge a hace apenas un año, con el proceso eleccionario que dio el triunfo a Trump. Pero fue utilizado por primera vez con el sentido que se utiliza hoy, por el dramaturgo Steve Tesich, quien en un artículo publicado en la revista The Nation escribía: “Lamento que nosotros, como pueblo libre, hayamos decidido libremente vivir en un mundo donde reina la posverdad”. Darío Villanueva, director de la Real Academia Española, al mismo tiempo que reconoció que la definición aún no está lista, adelantó que la posverdad refiere a que “las aseveraciones dejan de basarse en hechos objetivos, para apelar a las emociones, creencias o deseos del público”.

La posverdad define entonces un tipo de información que puede no ser cierta –de hecho en la mayoría de los casos no lo es- y puede ser o no ser reconocida como falsa por quienes la consumen, no obstante lo cual produce efectos en ellos. Sabemos que las palabras no sólo hablan de la realidad, sino que también la construyen. Sin embargo, aquello que ha sido denominado como posverdad agrega dos elementos novedosos: de un lado, la construcción se realiza exclusiva y excluyentemente en base a aspectos emocionales, a deseos y expectativas; del otro, la masividad y la velocidad de difusión, de manera que el flujo informativo actual no tiene precedentes.

Como consecuencia de ello, queda relegada y disminuida la posibilidad de detectar tanto la autoridad cultural de quien emite una información o un conocimiento, como la posibilidad de detectar matices ideológicos entre distintas afirmaciones. De ahí que las personas tienden a consustanciarse con ciertas afirmaciones, impulsadas por lo que es ya evidente: desde el punto de vista emocional, estamos predispuestos a aceptar la información con la que coincidimos y a alejarnos de aquella con la que disentimos. Pareciera entonces que el problema de la verdad perdió centralidad, y la opinión tiene más valor que los hechos. A mi criterio –y no sólo al mío, desde luego- semejante instalación afecta no sólo a la verdad, no sólo a la vida individual, sino y fundamentalmente a la vida en sociedad y a la democracia.

En efecto, en Argentina las principales afirmaciones que emanan de voces “autorizadas” –funcionarios gubernamentales y comunicadores, fundamentalmente- construyen un consentimiento a partir de emociones y de prejuicios que generan lo que Adela Cortina ha llamado aporofobia, en su libro 'Aporofobia, el rechazo al pobre. Un desafío para la democracia' (Editorial Paidós), y que define como “rechazo, aversión, temor y desprecio hacia el pobre”, no sólo desde el punto de vista económico, sino hacia toda persona que se encuentra en situación de vulnerabilidad. Más cerca, en nuestra geografía, Sandra Guimenez habla de salvajismo discursivo. Ejemplos?

La organización RAM (Resistencia Ancestral Mapuche) ha sido definida como terrorista por periodistas de nuestro medio, a pocos días de la desaparición de un militante social durante la represión en la comunidad Cushamen; en la actual campaña electoral argentina, quien fuera ministro de educación de la nación y actual candidato a legislador por el equipo gobernante, hace campaña jactándose de que “cada día tenemos un metro de asfalto más, un pibe nuevo preso”; o la afirmación de que las personas en situación de calle “son pagadas por dormir en la calle”; o bien que lo hacen porque les gusta, “uno los saca y vuelven a la calle, son como los perritos”; en la misma perspectiva, “las mujeres se embarazan para cobrar un plan”, o “a ese pibe le podés dar un plan social, pero esa plata la va a usar para comprar balas”. Los ejemplos son muchos, y la capacidad de difundirse a partir de las redes sociales y las nuevas tecnologías son infinitas, al punto de dificultar la capacidad de descifrar aquello que se afirma.

Una pregunta surge de inmediato: cuál sería el beneficio de instalar como posverdad estas supuestas características de sujetos pobres y vulnerables? La respuesta también es inmediata: lograr que la mayoría de la sociedad se distancie ellos, en una clara pretensión de distinción, y que apruebe las medidas tendientes a la clausura de derechos conquistados; así está ocurriendo en Argentina con derechos de niños y mayores, con el derecho a un consumo digno, a la recreación, a la educación superior gratuita de los sectores de pobreza, al trabajo, y tantos otros derechos que vemos cercenarse día a día.

Para terminar, la posverdad es resultado de un formidable trabajo de indagación de la condición humana, que vienen realizando intelectuales orgánicos del neoliberalismo, con el fin de constituir un sentido común favorable a los intereses de los poderosos. A partir de ello, lograron, con base en el trabajo de aparatos mediáticos, instalar como eje del sentido común la separación entre condiciones individuales de vida y proyecto de nación. Lograron que la idea predominante en el imaginario sea aquella que sostiene que los logros personales son completamente independientes de las políticas de Estado, y que son el resultado simple y directo de su propio esfuerzo. Se ha instalado la idea de que con el esfuerzo personal es suficiente, no importa quién gobierne. Al mismo tiempo, han logrado que el sentido común rechace las políticas de protección social: si se trata de políticas sociales que destinan recursos para los sectores más vulnerados, esos gobiernos son “populistas y demagógicos”, porque “el gobierno le está dando lo que es mío a esos vagos”. De esta manera, se articulan dos prejuicios: por un lado, que lo que logra cada quien es exclusivamente producto de su esfuerzo personal (algo así como si sólo se esforzaran cuando los gobiernos desarrollan proyectos distributivos). Y por otro, que lo que no han logrado es culpa del gobierno “que alimenta vagos”. El trabajo cultural, de descolonización, radica precisamente en desarmar estos procesos de construcción de posverdad, o lisa y llanamente, esta mentira.

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* Trabajadora social. Universidad Nacional de Córdoba, Argentina. Editora Revista ConConcienia Social. Escuela de trabajo social de la Universidad Nacional de Córdoba. Correo: nora.aquin@gmail.com